El ruido madrileño

22 de July

Madrid de noche

Recuerdo haber vivido en San Bernardo, Cea Bermúdez, Cuatro Caminos, Cuzco y Tirso de Molina, además de una pequeña estancia en la Calle Islas Cíes. Sólo en la calle Maudes, aunque interrumpido por la intermitencia de los camiones de basura, gocé del silencio nocturno de una ciudad que respeta el sueño. En efecto, hay pocos hoteles en Madrid que tengan una tranquilidad como la de aquella zona.

En San Bernardo, la fiesta, mecida por la cadencia de una Palma, escupía gritos de gafapastas en la madrugada. En Cuzco, en cambio, era la imprudencia unicelular de los amantes de los deportivos la que quebraba con su vozarrón neumático el descanso vecinal. En Cea Bermúdez, era constante el trasiego de ambulancias con su alarmante verborrea, aunque aquello tenía un fin noble y sanitario, peor era tener que aguantar a la legión de niños de papá que al salir de la infame Feria de Abril madrileña cantaban cancioncillas de campamento al dictado del más corto de miras.

En Tirso el silencio se disuelve entre los quejíos de los yonkis y el trasiego costoso de algunos viandantes cuyas conversaciones escuetas se magnifican en las curvas de las calles empinadas. Otras veces los portales siempre nos brindan los lamentos de algún borracho que jura haber perdido el perro o las discusiones airadas por la propiedad de un cigarrillo.

Ahora ya sé que Madrid no calla ni dormida. Esta ciudad enturbia con notas discordantes las sinfonías de ronquidos que acompañan a la madrugada. Lo sé, yo también he sido muchas veces el culpable de esos ruidos, el mentor de esas algarabías. Será, tal vez, que, en este mismo instante, sobre mi colchón me voy dando cuenta de que empiezo a ser mayor.


Una cerveza, una buena tapa.

21 de July

Quevedo
El Quevedo es un buen lugar para pasar las noches de los lunes en verano. El sitio se llama así porque en el mismo lugar donde hoy se levanta una barra de bar con sus tiradores de cervezas, antes se erigía la casa del ilustre poeta. Algo, por otro lado, muy típico en el barrio. Es más, a escasos metros de distancia del lugar está la tumba de Cervantes, y si se remonta la calle Huertas, hasta llegar a la floristería cercana a la Plaza del Ángel yace el cuerpo de Lope de Vega.

Ante tales honores uno podría pensar que el Quevedo es un restaurante sofisticado y caro de esos que explotan el aura comercial que desprenden los literatos. Sin embargo, lejos de aprovecharlo, rechaza todo atisbo de pomposidad.

El Quevedo, en pleno Barrio de las Letras, es algo así como una capilla de las tapas gratis a la que acuden con gran fervor la muchachada estudiantil que no logra reunir talentos ni para considerarse mil eurista. Y, aunque tal vez, todavía queden un par de lugares similares en Madrid, véase su hermano mellizo El Tigre, en Chueca, si se trata de elegir me quedo con El Quevedo. Por lo general hay menos gente, la caña sólo cuesta 1,25, las tapas son lo bastante abundantes y, además, está lo suficiente apartado de la vorágine guiri que invade Madrid en verano como para no recordar por un rato la urgente necesidad de vacaciones que puebla nuestros huesos.

Aunque claro, esto es cuestión de gustos, cada cual tendrá su lugar favorito, ya se sabe, “entre el clavel y la rosa, su reina escoja” .


Un café de libro

16 de July

Barbieri

“El Café Barbieri estaba en la misma calle Ave María y parecía —así me lo dijo Marcella la primera vez que me llevó allí y ella sabía de esas cosas— un decorado expresionista del Berlín de los años veinte o un grabado de Grosz o de Otto Dix (…)”, así lo escribía con devoción el peruano Mario Vargas Llosa en su libro Travesuras de una niña mala.

Hoy, el café Barbieri sigue en el mismo lugar, levantado sutilmente en Ave María, una de esas empinadas calles que vertebran de arriba abajo el barrio de Lavapiés. A pesar de su aspecto decadente, donde uno espera que los cristales le devuelvan la estampa caduca que tal vez tendrá dentro de algunos años, el Barbieri es un lugar perfecto para pararse a pensar en el humo de un café. Una vez allí, el misterio surge de esas esquirlas de humo incrustadas contra la pared en forma de eses. Uno imagina que en donde ahora aguarda sentado a un café mi propio trasero se recostaron antaño otras posaderas más ilustres de ese Madrid bullicioso o de ese Madrid de tertulias airadas.

Tal vez ahora ha perdido cierto aire intelectual y sin embargo, sus sofás siguen invitando a la lectura. El Barbieri es un buen refugio en esas horas muertas de verano donde uno no sabe si arrojarse al vacío caluroso de la calle o postrarse en una siesta sudorosa. Eso sí, tenga en cuenta el cliente que el café siempre se reserva el derecho de admisión a las prisas. Tal vez por ello, no es raro encontrar a algún aprendiz de desdichas dejando que la luz amarillenta de las lámparas acaricie con la fragilidad de media tarde su recién estrenado poema.


El Beti Jai aguanta

15 de July

Beti Jai

En pleno barrio de Chamberí, escondido tras uno de esos andamios perennes que nunca se desmantelan, se alza en Madrid un recinto deportivo que data de 1893. Sin embargo, lejos de unir su viejo esplendor y su catalogación de “bien de interés cultural” a la segunda corazonada olímpica de Gallardón, el edificio, que tantas tardes de gloria aportó al deporte de la ciudad, se está cayendo.

El Beti Jai, una construcción neomondéjar diseñada por el arquitecto Joaquín Rucoba, está condenado al derrumbe si nadie lo remedia antes. Tal vez porque a nadie le interesa ya la pelota vasca en la capital de Cristiano Ronaldo, tal vez porque en el país del ladrillo un solar inmenso en la calle Marqués de Riscal no es nada desdeñable.

El actual estado del edificio es desolador, por donde antes corrieron los pelotaris para pelear por cada bola, ahora se pasean las ratas sorteando la mala hierba. Sin embargo, por suerte, no toda la Galia está perdida. Un grupo de ciudadanos irreductibles madrileños y aficionados al deporte defiende desde su plataforma “Salvemos al Beti-jai” la conservación de tal monumento al deporte. A juzgar por el Premio al Compromiso Urbano 2009 que ha recibido no lo deben estar haciendo mal. Desde su campaña de recogida de firmas hasta su acción directa con las autoridades van dando los pasos necesarios para lograr su gran objetivo.

Aún así todavía queda mucho trabajo y mucha lucha. A expensas de saber si Madrid será olímpica en 2016 o lo volveremos a intentar para 2020, la que está considerada como la “capilla sixtina” de la pelota vasca, se prepara para luchar con fortaleza y ahínco por ganar su último tanto.


Un domingo sin plan

13 de July

San Francisco

Madrid se arrincona en verano. La vida se hace en las esquinas. Bajo los soportales que regalan un poco de sombra durante el día y en las terrazas con más brisa durante la noche. Sólo la tarde espabila la ciudad antes de que el sol se escape por el hueco que deja San Francisco el Grande a su margen izquierda. Leí una vez en un libro de un innombrable escritor que tal vez ese sea el mejor atardecer de toda la ciudad, a juzgar por las parejas de recién ennoviados que se dejan dorar por el color naranja de la tarde, el escritor, por decir algo, debe estar en lo cierto. Después, cuando cae la noche y es menos costoso caminar por las cuestas de la Latina, emergen de sus guaridas vespertinas los castigados sin verano y los turistas. Nos sentamos primero en una escalera que huele a orín y vemos pasar a los chinos que venden cerveza primero y a los policías municipales después.

Beber al aire libre en la zona centro sólo es posible si se paga impuestos. Azuzados por el calor nos dejamos caer en un bar cercano a la Casa del Santo, apuramos una clara con limón y dejamos que las chicas pasen por delante de nuestra mirada. Estamos felices, con esa felicidad que sólo pueden tener los que habitan el bucle que supone julio en una ciudad que se vive de noche y se duerme de día.

Queremos coger el metro en Tirso de Molina pero ahora cierra a las doce de la noche por obras. Nos toca caminar hasta Sol y ver como se acercan los reflejos de nuestros pasos en los cristales de la nueva estación. Madrid es como un amor de verano. Castiga y enamora por partes iguales. Aunque al menos, ahora ya somos conscientes que después, en septiembre, este verano será otra vez sólo humo.


Vaya veranos de la villa

12 de July

John Fogerty Recuerdo los viejos viajes en coche en aquellos veranos en los que todavía teníamos vacaciones escolares. Las cintas que ponía mi padre nos hacían más corto el trayecto que distaba de casa a la playa. Por aquel entonces mi criterio musical se basaba sólo en unas cuantas bobadas, por lo que escuchar la música que sonaba en aquel trasto que se empotraba en el salpicadero y al que seguíamos empeñados en llamar radio portátil era como hacerse mayor en dos minutos.

La Creedence Clearwater Revival convertía la autopista del Mediterráneo en toda una genuina Ruta 66 y a los coches sin climatizador en algo así como una furgoneta Wolkswagen de aire retro. Unos cuantos años después, el que fuera líder de la CCR, John Fogerty, desembarca en los Veranos de la Villa para dar uno de sus recitales al ritmo de Have you ever seen the rain o Proud Mary.

Fogerty dejará al terreno y al respetable lo suficiente saciado de rock para poder escuchar al día siguiente a un Lou Reed que no promete tanta guitarra.
El rockero ha colgado el cartel de no hay billetes a pesar de que el precio de la entrada más barata para corear los megahits del bueno de John es de 45 euros. Mucho me temo que el resto de mortales tendremos que conformarnos con buscar las viejas cintas de papá y dejar paso a los fortunate son, pues aunque los Veranos de la Villa ofrecen mucha y buena música apta para todos los oídos, ésta no es tan apta para todas las clases de bolsillos.